El bar estaba
atestado de gente que no paraba su frenesí. La cerveza se iba consumiendo al
igual que el maní cuya cáscara alfombraba el piso entarugado del local de Tres
Sargentos.
Sobre una
punta de la barra más cercana a la calle, tres tipos bien trajeados con pinta
de abogados no paraban de brindar y ante cada choque de los chops, el audio de
sus voces iba ganando intensidad.
El resto de
la barra de madera lustrada en tono muy oscuro mezclaba hombres y mujeres que
no se daban tregua en sus diálogos.
Las mesas,
descuidadamente distribuidas a lo largo y ancho del bar tampoco ofrecían
lugar como para que los que llegaran pudieran acomodarse. Era un típico viernes
para cerrar la semana antes de cenar.
De repente y
casi sin darme cuenta, la vi en el rincón más alejado de la barra. Estaba
radiante con su pelo suelto y los ojos brillantes. Prolijamente sentada en el
taburete empujaba su cerveza y miraba con cierta ansiedad al salón y a la
puerta de entrada. Hacia un tiempo que no la veía ni hablaba con ella.
Me tomó de
sorpresa verla allí ya que no sabía que concurriría y además yo estaba
esperando a unos amigos. Me empecé a cuestionar seriamente la elección del
lugar; Buenos Aires es tan grande que venimos a coincidir justamente allí.
Además estaba
la gente que yo esperaba y mi pregunta era que estaba esperando con tanta
ansiedad.
Casi sin
darme cuenta llegaron mis amigos y nos pusimos a conversar. Poco a poco
formamos un grupo grande, un poco ruidoso para mi gusto pero alegre.
Yo intentaba
concentrarme en lo que hablábamos pero no podía dejar de desviar la mirada
hacia ella. La tentación de acercarme era grande y la dualidad se apoderaba de mí;
algo me decía que sí y por otro lado que no.
Pero no pude
con mi genio y me acerqué como de manera casual para que mis amigos no se
dieran cuenta que me había alejado. Me saludó como si nos hubiéramos visto
hacía poco, casi como que no le sorprendía mi presencia.
Mientras
tanto seguía mirando con nerviosismo el celular sin dejar de hablar conmigo. “’¿Esperas
a alguien?” le pregunte. “Te diría que sí, pero a esta altura dudo que venga.
Es más, creo que me pido un auto y me voy.”
La observé y
noté su mirada triste y con destellos de enojo. Casi dándose cuenta de mi
semblanteo dijo tajante: “Muchas veces decido mal, otras espero lo que no debo
esperar y otras dejo lo que no debo dejar”. Dicho esto se paró, me saludó y se
fue, casi tan de repente como cuando la vi en la punta de la barra.
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