La noche
estaba tan estrellada como cálida aunque una leve brisa invitaba a la caminata
nocturna.
El tipo
parecía que canturreaba pero sin embargo, repetía casi sin pausas una parte de Neruda:
“puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada, y
tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”
La pesadez al caminar, la mirada fija hacia abajo pero sin
detenerse en ningún punto fijo, las manos en los bolsillos abriendo y cerrando
los puños de manera suave pero sin parar denotaban su estado de ánimo.
Algunas perdonas lo cruzaban y lo observaban de soslayo sin
entender sus palabras pero comprendiendo que algo no andaba bien.
En algún momento de su travesía por las calles porteñas llegó
a la esquina que él más le gustaba donde había cierto bar que tenía shows los
fines de semana. No le prestó atención a lo que sucedía adentro y miraba sin
mirar.
Un viejo amigo algo pasado de unas cuantas cervezas le hizo
algún comentario como para que se sentara pero éste pidió unas disculpas casi inaudibles
y volvió sobre sus pasos.
Al llegar a
Primera Junta encendió el enésimo cigarrillo de la noche mientras seguía
recitando para un público imaginario: “Oír la noche inmensa, más inmensa sin
ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no
pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo”.
Al avanzar unas
calles más se dio cuenta que algo no andaba bien o que no debía transitar por
ese lugar y apuró el paso. Por dentro pensaba “por qué no te dejas de joder
viejo?”
Sintió ganas
de tomarse un helado y apuró con ese trámite. Casi sin darse cuenta cayó en la
realidad que esa golosina lo había sacado de su recitado.
En su
trayecto y ya llegando cerca de su casa notó que una pareja discutía en la
puerta de un edificio. Se sintió algo avergonzado porque se encontró escuchando
parte del diálogo que consistía en una pelea y rápidamente reconciliación con
un beso. Tampoco se ruborizó por la envidia que sentía por ellos.
Y esta
situación lo volvió a remitir en el recitado de Neruda que por esas cosas del
destino lo había leído mucho en los últimos días.
Ya llegando a
su casa, trepó la escalera, abrió la heladera, tomó una lata de birra bien
helada y decidió terminar con el final del recitado:
“De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.
“De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.
Se acostó y a
la mañana siguiente descubrió que luego de varias semanas, pudo volver a dormir
de corrido varias horas.
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